Respetar las reglas: por qué la democracia y el Estado de derecho importan tanto como la Copa del Mundo

Estimados amigos y colaboradores:

Tuve el honor de vivir en España durante una estancia de estudios en el extranjero hace dos décadas y de visitar Argentina en mi luna de miel. Tras esas experiencias, no estoy seguro de a qué país apoyaré en esta Copa del Mundo; tal vez a aquel que más respete la democracia, el Estado de derecho y su constitución. Hoy por hoy, ese país es España.

Estos viajes me enseñaron que, si bien la pasión por el juego es profunda en todos los países, lo que realmente distingue a las naciones —tanto dentro como fuera del campo— es su compromiso con el juego limpio, las normas compartidas y el respeto por las instituciones que unen a las personas. Esto es tan cierto para el fútbol como para la democracia. Al aguardar la Copa del Mundo, es el momento perfecto para reflexionar sobre cómo las reglas del juego reflejan los principios que protegen nuestras libertades y fortalecen nuestra sociedad.

El verano de 2026 traerá consigo una celebración mundial: la Copa Mundial de la FIFA. A través de continentes y culturas, miles de millones de personas sintonizan para ver el deporte rey: el fútbol. Es un deporte que une, entusiasma e inspira. Pero más allá de los goles espectaculares y el rugido de las multitudes, el fútbol ofrece lecciones que trascienden el terreno de juego. De hecho, el espíritu y la estructura de la Copa del Mundo ofrecen una poderosa analogía sobre la importancia de la democracia y el Estado de derecho, tal como están consagrados en la Constitución de los Estados Unidos.

Exploremos cómo las reglas que rigen el deporte favorito del mundo no son tan diferentes de las normas democráticas y los principios constitucionales que mantienen el juego de nuestra nación justo, equitativo y abierto a todos.

El juego necesita reglas, y nuestra república también

Imaginen un partido de la Copa del Mundo sin árbitros, sin regla de fuera de juego y sin límites claros. Se desataría el caos. Los jugadores discutirían cada decisión, los equipos alterarían o violarían las normas, y el resultado no sería ni justo ni respetado. La magia del fútbol reside en su estructura: reglas universales, árbitros imparciales y el compromiso de todos los jugadores de respetar el juego.

Nuestra democracia no es diferente. La Constitución de los Estados Unidos es nuestro reglamento. Establece los límites, los derechos y las responsabilidades que definen nuestra vida cívica compartida. El Estado de derecho actúa como un árbitro imparcial, garantizando que nadie —ni siquiera los más poderosos— pueda alterar las reglas para beneficio propio. Al igual que en el fútbol, ​​cuando las normas son claras y se hacen cumplir, todos tienen la oportunidad de competir, participar y ganar basándose en sus méritos.

El papel de las normas democráticas: juego limpio para todos

El fútbol no se trata solo de reglas técnicas; se trata de juego limpio. El espíritu deportivo, el respeto por los adversarios y la disposición a aceptar las decisiones del árbitro forman parte de su código no escrito. Del mismo modo, la democracia no depende únicamente de las leyes escritas, sino también de normas democráticas: el respeto mutuo, la voluntad de llegar a acuerdos y un compromiso compartido con la verdad.

Cuando los equipos colaboran respetando las reglas, el juego prospera. Pero si una de las partes se niega a aceptar la derrota, cuestiona la legitimidad de los árbitros o intenta cambiar las reglas a mitad del partido, toda la competición se ve perjudicada. En nuestra democracia, cuando respetamos los resultados electorales, la separación de poderes y los derechos de las minorías, garantizamos que todas las voces puedan ser escuchadas y que todos los ciudadanos puedan participar. Cuando ignoramos estas normas, la democracia misma corre peligro.

La Constitución de los EE. UU.: nuestro reglamento compartido

Todos los equipos que participan en la Copa del Mundo estudian el reglamento. Elaboran sus estrategias dentro de esos límites, sabiendo que las mismas reglas se aplican a todas las naciones, ya sean campeones habituales o equipos que se clasifican por primera vez. La Constitución de los EE. UU. cumple una función similar. Es el documento fundamental que garantiza nuestras libertades, limita el poder del gobierno y asegura la igualdad de protección ante la ley.

Por esta razón decidí postularme al Congreso por el Segundo Distrito de Nevada: para defender y proteger la Constitución, el Estado de derecho y las normas democráticas que han servido a nuestra nación durante más de dos siglos. Como un entrenador comprometido con el juego limpio, creo que la fortaleza de nuestra nación no proviene de alterar las reglas para favorecer a unos pocos, sino de hacerlas valer para todos.

Por qué es importante seguir las reglas, dentro y fuera del campo

Cuando los jugadores y los aficionados creen que el partido está amañado, pierden la confianza en el resultado. Lo mismo ocurre con la democracia. Si las leyes se aplican de manera desigual, o si algunos sienten que el sistema juega en su contra, se apoderan de la sociedad el cinismo y la división. Pero cuando las reglas son justas y transparentes, y cuando se protegen los derechos de todos, el juego —y la nación— se ganan el respeto y la confianza.

La Copa del Mundo nos enseña que la grandeza no se alcanza solo mediante el talento, sino compitiendo dentro de un sistema que valora la equidad. Lo mismo ocurre con nuestro país. El Estado de derecho garantiza que la justicia no sea arbitraria. Las normas democráticas fomentan la cooperación, el debate y el progreso. Y la Constitución proporciona el marco en el que nuestra diversa sociedad puede prosperar.

Un llamado a la acción: No soy yo, somos nosotros

La Copa del Mundo es más que un torneo; es una experiencia colectiva, posible gracias a la pasión y la participación de millones de personas. La democracia, asimismo, no es un deporte para espectadores. Requiere que todos nosotros —ciudadanos, líderes, defensores y votantes— nos involucremos, nos exijamos responsabilidad mutuamente y trabajemos juntos por un futuro que honre nuestros ideales más elevados.

Me postulé al Congreso no por gloria personal, sino para velar por los valores que han convertido a Estados Unidos en un faro de esperanza. Pero la responsabilidad no recae únicamente en los funcionarios electos. Cada uno de nosotros debe luchar para crear el mundo que deseamos para nuestros hijos y nietos. Al defender el Estado de derecho, proteger la Constitución y participar en el proceso democrático, garantizamos que nuestro juego siga siendo justo, nuestra nación fuerte y nuestro futuro brillante.

Así que, mientras anima a su equipo favorito en esta Copa del Mundo, recuerde: la verdadera victoria reside en jugar respetando las reglas, tanto en el campo de juego como en nuestra democracia. Trabajemos juntos, no solo por nosotros mismos, sino por las generaciones venideras. No soy yo, somos nosotros.

Con esperanza y determinación,

Gamy Enriquez, MPA

Ex candidata al Congreso, Segundo Distrito Congresional de Nevada

Previous
Previous

Por qué defender la Constitución de los Estados Unidos es una lucha de todos

Next
Next

Lecciones del Fútbol: Hacia una Globalización Más Justa y Colaborativa